Quizá es el momento de liberarnos de los prejuicios sobre las drogas

Aunque no las comprendamos, debemos ver el potencial de los fármacos para elevar la inteligencia
Quizá es el momento de liberarnos de los prejuicios sobre las drogas
Quizá es el momento de liberarnos de los prejuicios sobre las drogas

Aunque no las comprendamos, debemos ver el potencial de los fármacos para elevar la inteligencia

PIERRE KLEINHOUSE

Las sustancias psicoactivas, o sustancias que alteran el funcionamiento del cerebro, no son nuevas. Los humanos las han usado durante miles de años y hoy en día millones de nosotros dependemos de ellas –ya sea alcohol o Adderall, marihuana o Prozac– para relajarnos, ser más productivos o simplemente para funcionar.

Por lo tanto, es sorprendente leer en tres libros nuevos que nadie entiende por completo cómo funcionan los fármacos o cómo utilizarlos de manera que asegure que los beneficios superarán a los costes. Aunque los investigadores y los médicos pueden describir qué nos hacen los medicamentos psicoactivos, no saben cómo y por qué tienen efecto. Ya estemos consumiendo lo ilegal (digamos LSD), lo legal (mientras escribo esta oración, estoy bebiendo mi tercera taza de café del día), o lo patentado, regulado y recetado, no siempre apreciamos lo que nos estamos metiendo.

El libro Blue Dreams, de la psicóloga Lauren Slater, explora la complicada historia de las drogas psiquiátricas. Ella sugiere que es tentador, pero erróneo, pensar en la medicina moderna como un sistema de curas elegantes que han reemplazado a los crudos tratamientos del pasado. En psiquiatría, dice Slater, las últimas técnicas no son necesariamente mejores que las anteriores.

Tomemos como ejemplo el Thorazine, medicamento al que Slater llama la “penicilina” de la psiquiatría. Cuando se creó, a principios de la década de 1950, fue aclamado como un fármaco milagroso. Los médicos aún no habían comenzado a estudiar neuroquímica, así que no tenían ni idea de cómo Thorazine devolvía a los pacientes inestables a su yo normal. Sin embargo, el medicamento se puso de moda; al principio lentamente en los hospitales de su Francia natal, y luego, más rápidamente, en otras partes de Europa y en todo Estados Unidos. A medida que se extendió, Thorazine transformó las vidas de las personas de todo el mundo y redujo drásticamente las poblaciones en los asilos estatales.

Después de años de éxito, el fármaco fue desechado a favor de las drogas que se dice que son más seguras y más efectivas, aunque no estaba claro que lo fueran. Cada una de estas drogas tiene sus propios efectos secundarios, dice Slater. A menudo, elegir una es una cuestión de elegir el menor de varios males. El ciclo continúa con diversos antipsicóticos, antidepresivos y otras píldoras. Slater apunta a que están al acecho las farmacéuticas que inventan, comercializan y venden nuevos medicamentos para reemplazar a los viejos, aunque no se pueda demostrar si los primeros son mejores.

El libro de The Genius Within, del editor de Nature David Adam, se traslada del mundo médico a las escuelas y lugares de trabajo, llevándonos a la vanguardia del neuroentrenamiento –la creciente tendencia de usar “drogas inteligentes”, como Modafinil, para mejorar la inteligencia, la memoria y una variedad de poderes mentales.

A la gente le fascina la inteligencia y cómo medirla de mejor manera, pero definir la inteligencia puede ser sorprendentemente complicado. En las sociedades occidentales a menudo se piensa que la inteligencia es la velocidad de los procesos mentales, mientras que las culturas orientales la consideran más como la capacidad de manejar la complejidad. Sea lo que sea, escribe Adam, la inteligencia juega un papel muy importante en nuestra vida cotidiana, influye en cómo se asignan los estudiantes a las clases, qué empleados se contratan y se promueven y si dos personas en una primera cita aceptan tener una segunda. La perspectiva de sobrealimentar el cerebro con una píldora, entonces, es comprensiblemente atractiva. (La cultura pop está de acuerdo, películas como Limitless y la subestimada Lucy giran en torno a protagonistas que desbloquean químicamente el potencial completo de sus cerebros, con resultados predeciblemente extravagantes).

Podría usted pensar que estas drogas inteligentes tienen poco en común con las psiquiátricas, pero las consideraciones éticas con respecto a ellas son similares. Adam nos lleva a través de los dilemas de los nuevos impulsores de la inteligencia: ¿a qué público deberían estar disponibles? ¿A nadie? ¿Solo a personas cuyo coeficiente de inteligencia está por debajo del promedio? ¿El seguro debería pagar por ellos? ¿Qué pasa si alguien los toma sin receta? Y, ¿qué pasa si sus compañeros de clase o colegas comienzan a utilizarlos? ¿Tiene que hacer lo mismo solo para mantener el ritmo?

Los dos tipos de drogas también tienen otras cosas en común. Las drogas inteligentes, como las psiquiátricas, funcionan en el cerebro de maneras que incluso ni los científicos entienden, pero eso no impide que las personas las consuman. Ni, en algunos casos, que lo hagan de forma ilegal.

El libro A Really Good Day de Ayelet Waldman, ahora en edición de bolsillo, analiza las drogas psicoactivas desde una perspectiva personal, ayudándonos a comprender mejor los riesgos, las recompensas y las compensaciones. Después de luchar durante años contra un trastorno del estado de ánimo, probando píldora tras píldora en un esfuerzo infructuoso por encontrar una combinación que funcionara, Waldman decidió adoptar un nuevo enfoque. El libro narra su experimento de un mes con la técnica de la microdosis –consiste en consumir pequeñas cantidades de una droga, en el caso de Waldman microdosis de LSD.

El LSD no es fácil de obtener; esta es una de las razones por las que los científicos tienen dificultades para estudiarlo. Pero los que sí lo hacen descubren que, aunque este y otras drogas psicodélicas pueden ser peligrosas (piense en malos viajes y daño cerebral), también pueden tener efectos positivos profundos y esto ayuda a las personas a sentirse más tranquilas, felices y aún menos temerosas de la muerte. Lo sorprendente de la historia de Waldman es que sus resultados de microdosis suenan normales: tenía más control sobre sus emociones y se enojaba con menos frecuencia. Si esto le parece un poco aburrido, Waldman también está de acuerdo. Todo lo que ella siempre ha querido, escribe, es tener un buen día detrás de otro, “previsiblemente, regularmente, sin excepción”.

Tal vez ese sea el sentimiento que debe mantenerse en el centro de las discusiones sobre el futuro de las drogas psicoactivas. Cuando las personas necesitan ayuda, o un refuerzo adicional, la obtendrán de donde puedan. Entonces tal vez no deberíamos estar limitados por nuestra falta de comprensión sobre cómo funcionan estos medicamentos. Tal vez un poco de ignorancia no debe obstaculizar los tratamientos valiosos y viables. Tal vez “no hacer daño” no puede ser entendido como “no hacer nada”.

Una versión de este artículo apareció en el número de marzo-abril de 2018 (págs. 150-151) de Harvard Business Review.


por
trad. Mariana Díaz

JM Olejarz es editor adjunto de Harvard Business Review.

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