Eleva tus habilidades de liderazgo y negocios

Súmate a más de 52,000 líderes en 90 empresas mejorando habilidades de estrategia, gestión y negocios.


The Earned Life / La Vida Ganada

The Earned Life / La Vida Ganada

Pierde el arrepentimiento, elige la plenitud

Marshall Goldsmith

Una nueva forma de pensar en la plenitud.

El budismo enseña que la única realidad es el presente. Marshall Goldsmith, autor de La vida ganada, sostiene que esta idea no sólo es útil para los buscadores espirituales, sino que puede ayudarnos a todos a llevar una vida más plena.

Esto se debe a que muchos de nosotros sufrimos una visión distorsionada de la felicidad. Pensamos que hay una meta ahí fuera que nos hará felices cuando la alcancemos. Para algunos, ese objetivo tiene que ver con el estatus; para otros, con el dinero o las relaciones. Sea lo que sea, solemos descubrir que esas cosas no aportan realmente una felicidad duradera. Y entonces volvemos a la rueda de molino, buscando alcanzar nuevas metas.

Toda esta búsqueda y esfuerzo no nos lleva realmente a ninguna parte. Entonces, ¿cuál es una alternativa mejor? Bueno, seguir la sabiduría budista es aprender a valorar el presente. La plenitud no es algo que haya que buscar en el futuro. Y no es una casilla que hay que marcar; es un proceso. En resumen, tenemos que empezar a buscarla en el aquí y ahora.

En este resumen, desmenuzaremos el argumento de Goldsmith y veremos ejercicios que te ayudarán a poner en práctica esa nueva perspectiva de inmediato.

En el camino, aprenderás

  • cómo honrar tus logros pasados sin dormirte en los laureles;
  • por qué no tienes que hacer preguntas complejas para obtener respuestas profundas; y
  • cómo alinear las aspiraciones con tus talentos, peculiaridades y valores.

 

No hace falta ser budista para aprovechar la sabiduría de Buda.

Hace muchos siglos, un sabio del sur de Asia tuvo una revelación. Se dio cuenta de que la vida es impermanente. Nada es duradero. El placer y la felicidad son fugaces. También lo son nuestros sueños y nuestras penas.

Para el Buda -así se llamaba este sabio- la vida era un cambio constante. Renovación. Cada respiración que hacemos, decía, nos transforma; nos convertimos en personas diferentes de un momento a otro. La única realidad verdadera, concluía, es el presente. El pasado pertenece a un tú pasado, y el futuro a tu yo futuro.

La vida ganada no trata sobre el budismo. Pero el autor sugiere que tratemos la visión de Buda como una especie de experimento mental. ¿Qué pasaría si asumieras que tiene razón? ¿Y si, sólo por este ejercicio mental, miraras el mundo a través de sus ojos?

Esta es su apuesta: este paradigma budista puede ayudar a todo el mundo, tanto a los budistas como a los no budistas, a pensar más claramente en lo que significa llevar una vida plena.

Esto se debe a que muchos de nosotros estamos atrapados en lo que él llama el paradigma occidental: una visión del mundo que niega la impermanencia. La visión que dice que siempre serás la misma persona, pase lo que pase. Que imagina que hay una única respuesta a todas las preguntas que te corroen. Que implica que existe un camino hacia la felicidad permanente, un camino que resuelve todos los enigmas de la vida.

El paradigma occidental, en resumen, promete que serás feliz cuando… bueno, ¿qué? Al final, no puedes escapar de la realidad de la impermanencia. Los postes de la meta cambian constantemente. La casa de tus sueños puede ser más grande. O más pequeña. O más cerca de tus nietos. El ascenso que esperabas no te aporta el estatus que anhelas; el aumento de sueldo por el que luchaste sólo te hace ver lo que el dinero no puede comprar. Siempre hay otro objetivo: la próxima gran cosa que te hará realmente feliz.

Perseguir sin cesar esas metas cambiantes, pensaba Buda, nos convierte en “fantasmas hambrientos”. Estamos hambrientos, pero nada nos llena -o satisface-. Es una forma de vivir paradójica, inútil y miserable.

Entonces, ¿cuál es la alternativa y qué tienen que ver las enseñanzas budistas sobre la impermanencia?

Esta es la opinión de La Vida Ganada: aceptar que todo crece y se desvanece desbloquea una poderosa herramienta para el desarrollo personal. ¿Por qué? Bueno, para empezar, es una licencia para seguir adelante. Cuando llegas a ver que la persona que has sido no es todo lo que puedes ser, te abres a nuevas aventuras. Pero esa aceptación también te sintoniza con el presente, dándote un poderoso motivo para ser mejor ahora.

Tus logros, tu buena reputación, el amor recíproco de las personas que quieres… todo es impermanente. Todo puede desvanecerse. Esas cosas, pues, no son “posesiones”. No puedes encerrarlas para guardarlas. No puedes llevarlas al banco. No puedes invertirlas y vivir de los intereses. Hay que volver a ganarlas. Constantemente. Cada día, cada hora, y quizás incluso con cada respiración. Y eso, en realidad, es lo más importante aquí: no hay ningún momento en el que terminemos de ganarnos la vida. No hasta el momento en que dejamos de respirar.

Rinde homenaje a tu pasado, pero no te apoyes en viejos logros.

Hasta aquí la teoría. Cambiemos de marcha y hagamos las cosas un poco más tangibles. Intentemos un ejercicio.

Centrarse en el presente no significa olvidar el pasado; no estás tirando todo rastro del pasado por el agujero de la memoria. De lo que se trata realmente es de aprender a reconocer que hay una distinción entre tu yo pasado y tu yo presente. Que los caminos que elegiste en el pasado no dictan los caminos que eliges recorrer hoy. Así que honremos a tu yo del pasado, y sigamos adelante.

Escribirás dos cartas para este ejercicio, y la primera está dirigida al yo del pasado. Esta carta es tu oportunidad de mostrar gratitud a ese yo del pasado.

Piensa en tus logros. En los momentos de disciplina, creatividad y trabajo duro. En las decisiones que te convirtieron en la persona que eres hoy. No importa si es algo del pasado lejano o reciente: la clave es que sea algo que te hayas ganado, no algo que te haya caído encima.

Para darte algo con lo que trabajar, he aquí algunas de las cosas que los clientes del autor han agradecido a su yo del pasado cuando hicieron este ejercicio. Un hombre, por ejemplo, se dio las gracias por haberse hecho vegano ocho años antes, decisión a la que atribuyó su buena salud actual. Otro dio las gracias a su yo de 18 años por haber elegido la universidad donde conoció a su mujer. Una escritora, por su parte, dio las gracias a su yo de 10 años por haber decidido buscar cada palabra nueva que encontraba. Ese pequeño hábito le enseñó el valor de llevar cuadernos, una parte vital de su trabajo como escritora.

A menudo, descubrirá vínculos de causa y efecto olvidados entre el pasado y el presente. Como dice el tópico, todos estamos a hombros de gigantes. Puede que te des cuenta de que tú también fuiste un gigante. Respira hondo y empieza a escribir. Agradécete a ti mismo todos los regalos que el pasado te dio al presente. Ahora vuelve a respirar profundamente. Es hora de hablar de un nuevo tú: el futuro tú.

Tu siguiente tarea es escribir una carta desde el presente a ese yo futuro. A la persona que serás el año que viene, o dentro de 5, 10 o 20 años. Esta carta consiste en mostrar a tu yo futuro que no te conformas con seguir siendo como eres ahora. Que estás invirtiendo en lo que llegarás a ser.

Entonces, ¿qué inversiones estás haciendo en tu futuro? Querrás pensar en cosas grandes y obvias como tu carrera, pero no te limites a lo que parece obvio. Los conocimientos, las habilidades, las relaciones y la salud también son importantes. Quizá medites porque te aclara la mente. O cocinas porque es una gran salida creativa. O tal vez te esfuerzas por conocer gente nueva. Sea lo que sea, ponlo por escrito. Centra tu mente en los esfuerzos que estás haciendo hoy y que te reportarán a ti y a las personas que amas el mayor rendimiento en el futuro.

 

Las preguntas básicas pueden suscitar respuestas profundas.

Los científicos calculan que tomamos unas 35.000 decisiones al día. Es una cifra aproximada, pero nos lleva a una verdad importante: las decisiones representan una gran parte de la energía mental que gastamos cada día.

Muchas decisiones son triviales. Esta mañana, por ejemplo, es probable que hayas tomado docenas -incluso cientos- de decisiones bastante intrascendentes en el gran esquema de las cosas. Quizá hayas decidido a qué temperatura querías que estuviera tu ducha. O elegiste ponerle leche a tu café en lugar de tomarlo negro como de costumbre. O de caminar en lugar de coger el autobús. De revisar tu buzón cuando vuelvas más tarde en lugar de hacerlo al salir…

Se trata de decisiones de bajo riesgo, pero siguen ocupando tiempo y energía; tienes que pensar en ellas. Si añades las decisiones más importantes que ocupan tu cerebro -decisiones sobre casarse, o comprar una casa, o ahorrar para la pensión- es fácil sentirse abrumado. Decidir constantemente es agotador. Entonces, ¿dónde se supone que vas a encontrar la energía mental y los recursos para tomar la decisión más trascendental de todas: elegir llevar una vida ganada? ¿Por dónde, con tanta elección, empiezas siquiera? Esta es la idea del autor: reduce la complejidad. Hazte preguntas básicas.

“¿Qué quiero hacer con mi vida?” no es una pregunta básica. “¿Qué puedo hacer que tenga sentido?” o “¿Qué me haría feliz?” tampoco son preguntas básicas. Son preguntas profundas y polifacéticas que no tienen respuestas rápidas ni fáciles: se tarda toda la vida en responderlas. Las preguntas básicas, por el contrario, abordan un único factor. Eso es lo que las hace tan poderosas. Las decisiones importantes de la vida, después de todo, rara vez requieren seis o siete razones de apoyo: una suele ser suficiente. Nos casamos con personas porque las amamos, y esa simple explicación aplasta cualquier otra razón, a favor o en contra.

“¿Le quieres?” es una pregunta básica. También lo es “¿Funcionará?” o “¿Puedo permitírmelo?”. Estas preguntas, simplemente formuladas, te obligan a enfrentarte a los hechos. Tus capacidades e intenciones. Exigen respuestas profundas, conmovedoras y sencillas. En resumen, revelan la verdad. “¿Le quieres?” es una pregunta de sí o no. Respóndela con sinceridad y todo se aclarará. Las preguntas básicas te dan claridad.

En su trabajo con clientes que luchan por decidir su próximo paso en la vida, el autor ha descubierto que una pregunta básica es especialmente útil para llegar al corazón de las cosas: “¿Dónde quieres vivir?” Es tan básica, tan obvia, que la gente rara vez se para a pensar en ella. Pero todo el mundo tiene una respuesta. Una idea de dónde transcurre su vida ideal. Probablemente puedas nombrar ese lugar sin dudarlo.

Pero no te detengas ahí. Aquí es donde las cosas se ponen interesantes.

¿Qué harías todo el día en ese lugar? ¿Puedes encontrar un trabajo satisfactorio? ¿Apoyará ese trabajo tu estilo de vida ideal? ¿Las personas que quieres estarían contentas si te mudaras allí? ¿Es un lugar donde puedes formar una familia? ¿Es un lugar en el que puedes conocer a gente inspiradora? ¿Importa si no puedes? Una vez que empieces a concretar los detalles, verás surgir una imagen de tus verdaderas prioridades y deseos, de lo que realmente quieres y de lo mucho que se parece tu vida actual a ese ideal. Eso es claridad.

 

La aspiración es más satisfactoria que la ambición.

¿Qué hay entre el presente (la persona que eres ahora) y el futuro (la persona en la que deseas convertirte)? ¿Qué tiende un puente entre esos seres? En otras palabras, ¿cómo se produce el cambio?

Son preguntas bastante filosóficas, así que pidamos ayuda a la filósofa americana Agnes Callard. Su respuesta es que la aspiración impulsa esa transformación. Vamos a desglosar esto.

No hay un punto de parada en el que termine una fase de la vida y comience otra. No te conviertes en una persona nueva en un solo día. Es un proceso gradual y largo.

Callard nos pide que pensemos en la decisión de tener un hijo, que altera la vida, para ilustrar su punto. Antes de convertirnos en padres, somos libres de disfrutar de nuestra falta de hijos. Podemos trabajar muchas horas para avanzar en nuestras carreras, o quedarnos hasta tarde hablando con los amigos, o ir a escalar los fines de semana. Tener un hijo cambia esa ecuación: hay menos tiempo para hacer lo que nos gusta. Puede que nos preocupe llegar a resentir la pérdida de nuestra despreocupación anterior. Pero no podemos estar seguros. No podemos saber hasta qué punto es satisfactorio acunar a nuestros hijos recién nacidos, o ocuparnos de cualquiera de las muchas tareas del bebé que nuestros yoes prepaternales temían.

Sin embargo, convertirse en padre o madre no es un acontecimiento único y discreto. Incluso la decisión de tener un hijo es sólo el comienzo del viaje. Entre la falta de hijos y la paternidad se encuentra la aspiración a ser padres. Durante los meses de embarazo, nos probamos las emociones y los valores que esperamos tener algún día. En palabras de Callard, tenemos una “captación anticipada e indirecta” de la bondad a la que aspiramos. Para ella, la aspiración tiene algo de heroico. Al fin y al cabo, no hay garantía de que vayamos a conseguir lo que esperamos, ni de que vayamos a estar contentos con ello cuando lo consigamos.

Pero la aspiración no tiene que ver con los puntos finales o los objetivos alcanzados. A lo que realmente se refiere es a la forma en que llegamos a interesarnos por las cosas nuevas. Se trata de tener la capacidad de elegir nuevos valores, aprender nuevas habilidades y adquirir nuevos conocimientos. Eso es lo que alimenta nuestra transformación. Emprendemos un viaje sin saber a dónde nos llevará, sólo que emprenderlo cambiará lo que somos.

Éste es el acto de aspiración, el acto de salvar la distancia entre nuestro antiguo yo, que tenía una intención, y nuestro nuevo yo, que está realizando esa intención. La conclusión de Callard es que este viaje es una de las claves de la realización. ¿Por qué? Bueno, comparemos la aspiración con la ambición.

La ambición nos da objetivos que alcanzar: un ascenso por el que luchar, una maratón que correr, una competición que ganar. Alcanzar esos objetivos nos hace felices, al menos durante un tiempo. Pero no podemos poner esa sensación de triunfo en una vitrina como un trofeo. Pronto se desvanece y desaparece. Como fantasmas hambrientos, pronto salimos en busca de la siguiente comida, la que nos proporcionará una felicidad duradera.

La aspiración es diferente. Siguiendo con el ejemplo de Callard, no hay ningún día en el que podamos marcar la casilla y decir que hemos alcanzado el objetivo de ser padres. Ser padre o madre es un acto de convertirse constantemente en padre o madre, de enfrentarse a nuevos retos, aceptar nuevos reveses y responder a nuevas fases. Por eso, piensa Callard, la aspiración es satisfactoria. Nos arraiga en el presente y nos alinea con la realidad de la impermanencia. Nos hace comprender que nos convertimos en una nueva persona con cada respiración.

 

Resolver las dicotomías puede ayudarte a elegir aspiraciones realistas.

Entonces, ¿a qué aspiras? Terminemos con un ejercicio.

Una amiga de la autora, la diseñadora turca Ayse Birsel, dijo una vez que si estuviera varada en una isla desierta y pudiera elegir una sola herramienta creativa, sería la resolución de dicotomías.

La resolución de dicotomías es la parte del diseño de productos que resuelve los dilemas de uno u otro. Por ejemplo, ¿un nuevo coche (o aspiradora o cafetera) debe ser moderno o clásico, pequeño o funcional, independiente o parte de una serie? A veces, las dicotomías no son necesariamente contradicciones: puedes reproducir un diseño clásico con materiales modernos, resolviendo así la tensión.

Pero muchas dicotomías de la vida cotidiana se resisten a la integración. Tendemos a ser optimistas o pesimistas, unidos o solitarios. No podemos ser ambas cosas: tenemos que elegir una u otra. Esto nos lleva al proceso de aspiración: ¿Qué lado de esas dicotomías debes elegir? A menos que quieras darle la vuelta a tu personalidad, lo mejor es adaptar tus aspiraciones a tu personalidad, al conjunto de preferencias, peculiaridades y virtudes que te hacen ser quien eres.

Así que aquí tienes un ejercicio que te ayudará a hacer precisamente eso.

El primer paso es sencillo: escribe todas las dicotomías interesantes que se te ocurran. Para empezar, aquí tienes algunas de las más comunes que surgen en la vida. ¿Eres una persona con el vaso medio lleno o con el vaso medio vacío? ¿Conservador o progresista? ¿Confiado o desconfiado? ¿Valoras más la razón o los sentimientos? ¿Importa el dinero o no? ¿Eres tranquilo o ruidoso? ¿Ganas de agradar a la gente o eres de los que van por libre? ¿Irónico o sincero? ¿Prefieres la gratificación instantánea o la tardía? ¿Te enfrentas a los problemas o los evitas?

Ahora revisa tu lista y tacha todas las dicotomías que no se apliquen a tu personalidad o desempeñen un papel en tu vida. ¿Qué queda? El último paso del ejercicio es repasar las dicotomías restantes y tachar el lado de la pareja que no se aplica. Por ejemplo, si la dicotomía líder versus seguidor es una parte importante de tu vida, decide qué lado de la ecuación se ajusta a ti.

Las palabras que quedan en tu lista deberían darte una buena idea de las cualidades que te definen. Las cualidades que influyen tanto en lo que aspiras como en que estés dispuesto a ganarte esa aspiración. Si te sientes valiente, enseña esta lista a la persona que mejor te conoce. ¿Están de acuerdo, o has eludido la verdad? Recuerda que este ejercicio sólo es útil si eres sincero contigo mismo.

Si has sido honesto, ahora tendrás una idea clara del tipo de aspiraciones que te funcionarán. Este es tu plan para una vida ganada.

 

Conclusiones

Lo más importante que hay que sacar de todo esto es

La vida ganada es una vida en la que las elecciones y el esfuerzo que hacemos en cada momento se alinean con un mayor sentido de propósito, independientemente del resultado final.