Las empresas deben velar por la sociedad más allá de su negocio

Occidente se enfrenta a riesgos socioeconómicos y las compañías deben contribuir a minimizarlos
Los mejores ya no quieren trabajar en la Casa Blanca
Los mejores ya no quieren trabajar en la Casa Blanca

Occidente se enfrenta a riesgos socioeconómicos y las compañías deben contribuir a minimizarlos

Durante las últimas dos décadas,los líderes empresariales de Occidente han estado respondiendo a los riesgosasociados a profundos cambios en la economía global, la tecnología y la demografía. Al menos lo han hecho los líderes de éxito.

En lugar de verse superadas por nuevos rivales concostes más bajos procedentes deeconomías de rápido crecimiento como China e India,las empresas occidentales han globalizado sus cadenas de suministro o trasladado su producción al extranjero. También han aprovechado los avances de las tecnologías de la información, que podrían haber destruido sus negocios, para mejorar sus ofertas y reducir sus costes de producción. Han transformado las condiciones laborales de sus plantillas para volverlas más inclusivas y estar mejor adaptadas a las preferencias de las mujeres y losmillennials. Y al sustituir los planes de pensiones con beneficios fijos con planes de aportación definida, han evitado los riesgos de jubilados de larga duracióny tipos de interés bajos.

En otras palabras, los líderes empresariales han estado lidiando conriesgos directos delmercado que plantean las importantes tendencias económicas, tecnológicas y demográficas. Pero estas tendencias y las respuestas empresariales conllevanriesgos secundarios ajenos al mercado, que pueden ser aún mayores. Al navegar a través de la globalización y los rápidos cambios tecnológicos, los negocios pueden verse afectados por las respuestas sociales y políticas.Gestionar el riesgo eficazmenterequiere que los líderes empresariales atiendan a estas amenazas externas al mercado yelaboren estrategias no comerciales. Cuando el público y los políticos ven a los negocios como agentes o enemigos de las políticas sociales, los negocios no pueden evitar convertirse en entes políticos.

Los ganadores y perdedores de la globalización

El comercio internacional y los progresos tecnológicos mejoran la productividad agregada de maneras que se entienden desde hace al menos 200 años gracias al trabajo de Adam Smith y David Ricardo. Durante los últimos 40 años, estas fuerzas han dado paso a unos aumentos de la prosperidad global sin precedentes. El porcentaje de la población que vive en condiciones de pobreza absolutase ha reducido desde un 40% en 1980 hasta un 10% actualmente.Han emergidograndes clases medias en países en los que hasta hace pocotodoseran pobres salvo una pequeña minoría.

Algunas personas en economías avanzadas se han beneficiado de estas tendencias: aquellas posicionadas para beneficiarse de mercados ampliados gracias a la globalización, cuya productividad ha mejorado gracias a la tecnología o que pueden trasladar su capital rápidamente a donde resulte más productivo.Durante los últimos 30 años, las corporaciones multinacionales más grandes se han aprovechado de unas fronteras abiertaspara distribuir sus innovaciones y reducir sus costes de producción y cargas fiscales. El valor de estas multinacionales ha aumentado a un ritmo más de tres veces mayor que el delas empresas menos globales, según nuestra investigación.

Estos ganadores representan una pequeña fracción de las poblaciones y negocios occidentales. Para los demás, las ganancias son menos obvias. Los bienes de consumo son más baratos, por supuesto, pero la competencia con la mano de obra barata en el extranjero ha ahogado el crecimiento salarial para los trabajadores poco cualificados. Internet ha expuesto a profesionales occidentales capacitados, como los contables, a la competencia de la mano de obra extranjera de bajo coste.La expectativa de que los niños occidentales acaben siendo más ricos que sus padres, una idea que se ha dado por sentadadurante todo el siglo XX, empieza a desvanecerse.

Este cambio está socavando el liberal Consenso de Washingtonque ha guiado las políticas estadounidenses desde la década de 1990.Las reacciones en contra de la globalización se han propagadodesde los manifestantes anarquistasen las cumbres del G8 hasta la corriente política dominante en la actualidad. Donald Trump ganó las elecciones presidenciales de EE. UU. prometiendo proteger al estadounidense medio de los estragos del comercio internacional y la inmigración y amenazando con tomar medidas punitivas contra empresas que lleven su producción al extranjero. El nacionalismo económico también está resurgiendo en Europa.

Los líderes empresariales estadounidenses y europeos se enfrentan a la perspectiva de perder su acceso a los talentosos inmigrantes de los que dependen muchos de ellos y a ver sus costes incrementados por nuevos regímenes fiscales, que en efecto les obligarán a apoyarse en caros empleados y proveedores nacionales. De hecho, esto ya está sucediendo. Mientras seguía siendo tan solo el presidente electo, Donald Trumppresionóavariasempresas para abandonar sus planes de trasladar puestos de trabajo fuera de EE. UU.

Algunos científicos sociales, expertos y políticos lo veían venir, perolos riesgos asociados a los negocios no han sido un asuntoprioritario en las agendas de las juntas.Al menos no hasta que Donald Trump recibió la nominación a candidato republicano a la presidencia y no hasta que los votantes británicos eligieron abandonar la Unión Europea.

La respuesta política a los robots

Acabar con la globalizaciónseríaperjudicial, tanto para los negocios que se han adaptado a ella como para la prosperidad global, pero es probable que las consecuenciassociopolíticas sean aún peores. Las perturbaciones para el empleo ocasionadas por la globalización podrían acabar pareciéndonostriviales frente a las alteraciones provocadas por las tecnologías emergentes.

Una investigación del Programa Oxford Martin sobre los Impactos del Futuro de la Tecnología de 2013estimóque los avances de la inteligencia artificial (IA) yla robótica eliminarán los puestos de trabajo que actualmente representan el 45% de todos los empleos: ya no habrá camioneros (sino camiones autónomos), ni asistentes legales (sino una IA capaz de realizar búsquedas de documentos), ni analistas crediticios (sino una IA impulsada porbig data), ni trabajadores de almacén (sino robots) y así sucesivamente.

Los avances tecnológicos que destruyen puestos de trabajo no son nada nuevo, pero la teoría económica y la historia nos dicen que no provocan un desempleo sistémico a largo plazo. No lo hicieron los telares mecánicos a finales del siglo XVIII, ni los ordenadores de sobremesa a finales de la década de 1990.La mano de obra acabareubicada en otra parte,a menudo para producir lo que se consideraban lujos inalcanzables antes de que las nuevastecnologías aumentaranla producción agregada, o para proveer bienes y servicios posibilitados por tecnologías nuevas. Nadie trabajó en una gasolinera hasta que los coches reemplazaron los caballos a principios del siglo XX.

Pero esta vez la cosa podría ser distinta, no en cuanto al efecto a largo plazode los avances tecnológicos sobre las tasas del empleo, sino en la respuesta política a las perturbaciones del mercado laboral a corto plazo. Cuando los votantes y los políticos creen que los gobiernos deberían impedir que las empresas participen en un comercio internacional que elimine empleos nacionales,¿por qué no deberían también impedir que las empresas utilicen tecnologías que eliminen empleos nacionales?Hasta Bill Gates, cuyos productos de Microsoft han destruidopuestos que antes ocupaban decenas de miles de personas, recientemente ha hecho un llamamiento público a favor de unimpuesto para los robots.

Las respuestas públicas y políticas a los despidos masivos tienen probabilidades de resultar extremadamente hostiles y perjudiciales para las estrategias tradicionales de negocio. De forma similar, los negocios que hayan cambiado a su personal de planes de pensiones de beneficios fijos a planes de aportaciones definidas pueden descubrir que realmente no han evitado el coste de la mayor esperanza de vida de los jubilados. Muchos occidentales de mediana edad carecen de ahorros privados suficientes para sus jubilaciones, y muchos planes de pensiones estatales son insolventes.La tentación de trasladar la carga de losingresos de jubilación a los negocios podría resultarirresistible para los políticos.

La necesidad de estrategias no comerciales

En resumidas cuentas, los líderes empresariales no pueden permitirse hacer planes para las cadenas de suministro, las tecnologías de producción y las condiciones laborales sin tener en cuentalas probables respuestas políticas. Hacerlo sería ignorar lo que se está convirtiendo en la mayor amenaza para losnegocios. Las estrategias de mercado no bastan; los líderes empresariales también necesitan estrategias no comerciales. Han de trabajar con imperativas sociales y políticas en lugar de invitar a la resistencia.Han de serparte de la solución.

¿Qué conllevará todo esto? El declarado ecologismo de las empresas energéticas es un ejemplo. Durante las décadas de 1990 y 2000, las poblaciones occidentales empezaron a preocuparse cada vez más por el calentamiento global. La hostilidad hacia las empresas petrolíferas fue una consecuencia natural, que generaba el riesgo de (aún más) impuestos punitivos y restricciones regulatorias. Las empresas petrolíferas respondieron con un cambio deimagen. No se trataba únicamente de un esfuerzo de marketing.La mayoría de las principales empresas energéticas ahora están invirtiendo en energías renovables, como la eólica, la solar y los biocombustibles. Por supuesto, no basta esa estrategia para volverlas completamente inmunes a las críticas. No obstante, representa una estrategia no comercial plausible para abordar riesgos políticos y sociales.

Las nuevas ansiedades públicas y políticas sobre la seguridad económica no son cosa de un sólo sector, como sí lo sonlas preocupaciones medioambientales.Cualquier empresa podría verse castigada, por los consumidores o los políticos, por sustituir su plantilla con máquinas o con mano de obra extranjera más barata. A cualquier empresa se le podría exigir que rinda cuentas sobre los ingresos inadecuados de sus empleados jubilados.

Para evitar daños de reputación y nuevas cargas fiscales o regulatorias, las grandes empresas podrían necesitar adoptar una estrategia de guía para consus empleados. Una empresa que pueda prever la sustitución de muchos empleados con máquinas, o el traslado de la producción a México, debería considerar proporcionar formaciones a su personal para prepararles para otros tipos de trabajo, tal vez coordinando tales iniciativas con programas gubernamentales. En Singapur, donde las empresas comerciales llevan mucho tiempo sirviendo como vehículo para las políticas sociales, una agencia gubernamental llamada Workforce Singapur colabora con empresas pararecapacitar a sus empleados, para dotarles de aptitudes y conocimientos para los que se espera que se experimente un aumento de la demanda.

De forma similar, las empresas que solo ofrezcan planes de pensiones de aportaciones definidas también deberían asumir la responsabilidad de garantizar que su plantilla realice suficientes aportaciones para garantizarles una jubilación decente.Esto no debería limitarse a losesfuerzos educativos sino también a incentivos, como aportaciones realizadas por el empleador que vayan más allá de lo que requiere la ley. Y tales esfuerzos deberían ser publicitados.

Es demasiado pronto para afirmar cómo cambiarán las políticas económicas estadounidenses durante la presidencia de Trump ni en un Reino Unido post Brexit. La dirección de las futuras políticas europeas no está clara: los centristas vencieron a los insurgentes nacionalistas durante las elecciones holandesas en marzo, y también durante la última ronda de elecciones presidenciales en Francia en mayo. Peroexisten claras señales de que se aproximan cambios significativos en las políticas económicas de los gobiernos occidentales. Los líderes empresariales que no les presten atención, y que obvien desarrollar sus propias políticas sociales se arriesgarán a encontrarse en el lado equivocado de la Historia.


por
trad. Teresa Woods

Scott McDonald es el CEO de Oliver Wyman.

Related Posts
When CEOs Make Sales Calls

When CEOs Make Sales Calls

En casi todas las industrias, las mujeres de color reciben menos apoyo, experimentan dobles raseros, microagresiones y sesgos inconscientes.

  • Este tipo de discriminación debe abordarse a nivel institucional, organizativo y de liderazgo. Es su problema que resolver, y no el nuestro. Sin embargo, cuando intenta sobresalir dentro de estos entornos, es mucho a lo que enfrentarse.
  • En este artículo, la autora Lan Nguyen Chaplin comparte su historia personal sobre la lucha por su papel como profesora titular en el mundo académico.
  • Proporciona a los lectores un puñado de herramientas que ha desarrollado a lo largo de los años para protegerse a sí misma, su trayectoria profesional y su salud mental en una industria construida para retenerla.
Leer más