La presión no tiene que convertirse en estrés

Cuatro pasos para detenerlo.

La presión no tiene que convertirse en estrés

Cuando tenía veinte años, me diagnosticaron cáncer de estómago. Los médicos operaron y me dijeron que esperara lo mejor. Regresé a Japón, donde estaba trabajando, e intenté olvidarme de ello. Los tumores regresaron un año después, esta vez en mi hígado. Después de una larga búsqueda, los cirujanos encontraron un nuevo procedimiento para eliminarlos, pero sabía que esto era, de nuevo, quizás solo una solución temporal. Estuve un desastre durante los próximos seis meses. La parte más difícil de mi enfermedad fue mi constante ansiedad por que volviera.

Luego conocí a un hombre que cambió mi perspectiva. El Dr. Derek Roger había pasado 30 años investigando por qué algunas personas en situaciones difíciles se sienten abrumadas, mientras que otras perseveran. Me enseñó todo lo que había aprendido, y cuando empecé a aplicarlo, mi ansiedad disminuyó, a pesar de que mi situación no cambió. De hecho, el cáncer volvió hace unos cinco años y permanece relativamente estable en mi hígado. Pero ya no me preocupo por ello. Derek se convirtió en mi mentor y en los últimos 10 años hemos entrenado a miles de líderes para superar su estrés.

El proceso comienza entendiendo que el estrés no es causado por otras personas o eventos externos, sino por sus reacciones ante ellos. En el lugar de trabajo, muchas personas culpan a sus altos niveles de ansiedad a un jefe, trabajo, plazos o compromisos competidores por su tiempo. Pero los compañeros que se enfrentan a los mismos desafíos lo hacen sin estrés. Derek y yo a menudo nos encontramos con ejecutivos que tienen altos niveles de presión pero bajos niveles de estrés, y viceversa.

La presión no es estrés. Pero el primero se convierte en el segundo cuando añades un ingrediente: la rumiación, la tendencia a seguir repensando los acontecimientos pasados o futuros, al mismo tiempo que asigna emociones negativas a esos pensamientos. Por supuesto, los líderes deben practicar la reflexión (planificar para el futuro o revisar las lecciones pasadas), pero se trata de un proceso analítico a corto plazo, con consecuencias positivas. La rumiación es continua y destructiva, lo que reduce su salud, productividad y bienestar. Los preocupantes crónicos muestran una mayor incidencia de problemas coronarios y supresión del funcionamiento inmunitario. Vivir en el pasado o en el futuro también nos aleja del presente, lo que nos hace incapaces de completar el trabajo actual en nuestros platos. Si preguntas a los rumiadores cómo se sienten, ninguno dirá «feliz». La mayoría se siente miserable.

Para romper este hábito que induce el estrés, Derek y yo recomendamos cuatro pasos:

Despierta. La gente pasa la mayor parte del día en un estado llamado «sueño despierto». Aquí es cuando te metes en el estacionamiento de la oficina pero no puedes recordar el viaje hasta allí, o cuando alguien en una reunión te pide tu opinión, pero te has perdido los últimos minutos de conversación. Dado que todas las rumiaciones ocurren durante este estado, el primer paso es salir de él. Puedes hacerlo físicamente: ponte de pie o siéntate, aplaude las manos y mueve tu cuerpo. O puedes hacerlo mentalmente: conéctate con tus sentidos notando lo que puedes oír, ver, oler, probar y sentir. La idea es volver a conectar con el mundo.

Controla tu atención. Cuando rumias, tu atención se ve atrapada en un bucle improductivo, como un hámster sobre una rueda. Debe redirigirse a áreas en las que puede tomar medidas útiles. Aquí hay un ejercicio que animamos a los ejecutivos a utilizar: dibuja un círculo en una página y anota todas las cosas que puedes controlar o influir dentro de él y todas las cosas que no puedes fuera de él. Recuérdate que puedes preocuparte por las externalidades (tu trabajo, tu equipo, tu familia) sin preocuparte por ellas.

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Pon las cosas en perspectiva. Los rumiadores tienden a catastrofizar, pero los líderes resilientes mantienen las cosas en perspectiva para sí mismos y para sus equipos. Le decimos a la gente que pruebe tres técnicas: contrastar (comparar un estrés pasado con el actual, es decir, una enfermedad grave frente a una venta perdida), preguntas (preguntándose «¿Cuánto va a importar esto dentro de tres años?» y «¿Qué es lo peor que podría pasar?» y «¿Cómo lo sobreviviría?») y reencuadre (mirando su desafío desde un nuevo ángulo: «¿Cuál es una oportunidad en esta situación que aún no he visto?» o incluso «¿Qué tiene de gracioso esta situación?»)

Suéltame. El último paso suele ser el más difícil. Si fuera fácil dejarlo pasar, ya lo habríamos hecho. Encontramos que tres técnicas ayudan. La primera es la aceptación: Reconoce que te guste o no la situación, es como es. El segundo es aprender la lección. Tu cerebro revisará los eventos hasta que sienta que has ganado algo de ellos, así que pregúntate: «¿Qué he aprendido de esta experiencia?» El tercero es la acción. A veces la verdadera solución no es relajarte, sino hacer algo sobre tu situación. Pregúntese: «¿Qué medidas se requieren aquí?

Mientras luchaba contra el cáncer, me llevó un par de años entrenarme para seguir estos pasos. Pero, en última instancia, funcionó. Mis niveles de estrés bajaron, mi salud mejoró y mi carrera despegó. Más alentador, descubrí que todo lo que Derek me había enseñado podía enseñarse a otros, con resultados similares.


Escrito por
Nicholas Petrie



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